


Popeye tenía razón: la espinaca celebra su día y pide revancha en la mesa
Redacción Central
Hay ingredientes que cargan con una historia injusta. La espinaca es uno de ellos. Durante décadas fue sinónimo de obligación infantil, de tenedor resignado y de promesas exageradas de fuerza instantánea. Sin embargo, como ocurre con los grandes clásicos, el tiempo —y la cocina— le devolvieron su lugar.
Hoy, en su día mundial, la espinaca se presenta como lo que siempre fue: una hoja noble, versátil y profundamente expresiva. Su sabor terroso y ligeramente mineral funciona como un lienzo perfecto para combinaciones audaces o delicadas. Cruda, aporta frescura y textura; salteada, se vuelve sedosa; en cremas o rellenos, abraza y reconforta.
Pero además de su encanto culinario, la espinaca tiene argumentos sólidos fuera del plato. Es rica en vitaminas A, C y K, esenciales para la salud de la piel, el sistema inmunológico y la coagulación sanguínea. Aporta ácido fólico, clave para la formación de células, y minerales como hierro, magnesio y potasio, aliados del sistema muscular y nervioso. También contiene antioxidantes que ayudan a combatir el estrés oxidativo y contribuyen a la salud cardiovascular.
La alta cocina la adoptó sin prejuicios. Aparece en risottos verdes de perfume intenso, en pastas rellenas donde se funde con ricotas suaves, en tortillas apenas doradas o en salteados rápidos que conservan su carácter. Incluso en versiones más contemporáneas, se cuela en smoothies, pestos alternativos o como base de platos plant-based que buscan profundidad sin recurrir a lo obvio.
Pero hay algo más interesante que su versatilidad: su capacidad de redención. La espinaca invita a revisar esas primeras impresiones que, muchas veces, se construyen sin matices. Bien tratada —apenas cocida, correctamente condimentada, acompañada con inteligencia— deja de ser un recuerdo escolar para convertirse en un pequeño lujo cotidiano.
Quizás Popeye exageraba. No hay músculos instantáneos ni milagros enlatados, pero en cada hoja hay una promesa más sutil: la de descubrir que incluso lo más subestimado puede, con el enfoque adecuado, transformarse en protagonista.





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