


El waffle como ritual que cada marzo vuelve a unir culturas
Redacción Central
Hay fechas que no solo se marcan en el calendario: se cocinan. El 25 de marzo es una de ellas. En distintas latitudes, cocinas domésticas y vitrinas de pastelería se alinean bajo un mismo gesto tibio y fragante: preparar waffles.
Detrás de esa escena —aparentemente simple— se esconde una historia donde el lenguaje, la religión y la cultura gastronómica se entrelazan con una naturalidad casi poética.
El origen de esta celebración se remonta a Suecia, donde el calendario litúrgico señalaba el Vårfrudagen, el Día de la Anunciación. Con el paso del tiempo, la pronunciación popular fue deformando el término hasta acercarlo a Våffeldagen, que literalmente significa “día del waffle”.
Lo que pudo haber sido un simple desliz fonético terminó transformándose en una costumbre profundamente arraigada. Así, cada 25 de marzo, en plena antesala de la primavera, los hogares suecos comenzaron a perfumarse con masa caliente, manteca y azúcar.
El waffle dejó de ser sólo un alimento para convertirse en símbolo de estación, encuentro y celebración.

De mesa nórdica a fenómeno global
Como suele ocurrir con los clásicos que funcionan, la tradición no tardó en cruzar fronteras. Primero se instaló en países vecinos como Noruega y Dinamarca, y luego encontró terreno fértil en Europa y América.
En Estados Unidos, por ejemplo, el waffle desarrolló una identidad propia, con combinaciones que desdibujan la línea entre lo dulce y lo salado. El célebre “chicken and waffles” —pollo frito sobre masa dorada— es quizás la mejor prueba de esa libertad creativa.
Mientras tanto, en ciudades de América Latina como Buenos Aires, Lima o Ciudad de México, la fecha gana cada año más protagonismo. Cafeterías y restaurantes se suman con ediciones especiales donde el waffle funciona como lienzo: dulce de leche, frutas frescas, cremas especiadas o incluso versiones saladas elevan su perfil.

Un formato infinito
Si algo explica la vigencia del waffle es su capacidad de adaptación. En Suecia se mantiene fino y delicado, servido con frutos rojos y crema. En Bélgica, en cambio, se vuelve más aireado y contundente, con toppings generosos que lo acercan al universo del postre.
Hoy convive en múltiples registros: desde la alta cocina hasta la comida callejera, desde recetas tradicionales hasta versiones veganas o sin gluten que dialogan con nuevas formas de comer.
Las redes sociales han hecho el resto: el waffle no solo se come, también se exhibe. Su geometría perfecta y su potencial decorativo lo convirtieron en protagonista de una estética gastronómica que seduce a primera vista.
Mucho más que un antojo
Celebrar el Día del Waffle es, en el fondo, celebrar algo más esencial: el acto de compartir. Hay en su preparación una liturgia doméstica, una pausa amable, un pequeño lujo cotidiano.
Porque a veces la historia no se escribe en grandes gestas, sino en esas recetas que sobreviven al tiempo. Y en ese cruce entre memoria, sabor y creatividad, el waffle —crujiente por fuera, tierno por dentro— sigue encontrando nuevas formas de decir presente.




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