Día Mundial de la Pizza: la historia sabrosa detrás del 9 de febrero

Cada 9 de febrero el calendario se rinde ante una de las preparaciones más queridas del planeta. Entre hornos encendidos, masa viva y rituales compartidos, la pizza celebra su jornada con una historia que mezcla tradición italiana, cultura popular y un menú infinito de versiones.
09 de febrero de 2026Redacción CentralRedacción Central
pizzanapoles

Crujiente en los bordes, perfumada a tomate y con ese hilo de mozzarella que estira el momento: la pizza tiene su día el 9 de febrero, una fecha que en Estados Unidos se popularizó como National Pizza Day y terminó expandiéndose como excusa global para homenajear a uno de los platos más universales.

Detrás de esa celebración hay algo más que una comida rápida o un clásico de fin de semana. La pizza es, ante todo, un lenguaje compartido. Nació como preparación humilde y callejera, pero con el tiempo se convirtió en emblema de la identidad gastronómica italiana y en un símbolo de encuentro alrededor de la mesa.

Ese peso cultural fue reconocido de manera oficial cuando la tradición del pizzaiolo napolitano —el arte de preparar y hornear la pizza según los métodos clásicos— fue incorporada en 2017 a la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. La distinción puso en valor no sólo la receta, sino el ritual completo: amasar, girar la masa en el aire y cocinarla en horno a leña como parte de un saber transmitido entre generaciones.

De pan plano a ícono mundial

Mucho antes de conquistar pizzerías y freezers, el concepto de una base de masa con toppings ya existía en las antiguas culturas del Mediterráneo. Egipcios, persas, griegos y romanos consumían panes planos condimentados con hierbas, aceite o quesos. Con el tiempo, en el sur de Italia ese gesto cotidiano encontró un giro decisivo: la incorporación del tomate, ingrediente que terminó de definir el ADN del plato.

La pizza moderna se asocia a Nápoles, donde se consolidó como comida popular. Una de las historias más repetidas cuenta que, hacia fines del siglo XIX, el pizzero Raffaele Esposito preparó una versión con tomate, mozzarella y albahaca para homenajear a la reina Margherita. Los colores coincidían con la bandera italiana y el nombre quedó para siempre grabado en la carta del mundo.

Un lienzo comestible

Si la Margherita es la partitura original, el resto del repertorio es prácticamente infinito. Hay versiones intensas como la de pepperoni, combinaciones salinas con anchoas y alcaparras, opciones cremosas de cuatro quesos o interpretaciones más audaces, como la hawaiana que mezcla dulce y salado y divide pasiones.

La pizza también adoptó acentos locales en distintos rincones del planeta. En Francia aparece la tarte flambée con crema y panceta; en Medio Oriente, el manakish perfumado con especias; en Turquía, el lahmacun delgado y especiado. Cada cultura toma la idea base y la reescribe con su propia despensa.

Mucho más que una comida

El secreto de su permanencia no está solo en el sabor, sino en lo que provoca: reunión, charla larga, manos que se estiran para compartir la última porción. La pizza funciona como excusa social, puente generacional y ritual doméstico.

Por eso, cada 9 de febrero no se celebra únicamente una receta. Se celebra un gesto colectivo: encender el horno, esperar el dorado justo y brindar —aunque sea con una porción en la mano— por esa combinación perfecta entre simpleza y placer que, desde Nápoles hasta cualquier barrio del mundo, sigue diciendo lo mismo en todos los idiomas: comer también puede ser una fiesta.

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