El vino cambia de forma: las tendencias que marcarán 2026

Menos cantidad, más intención. El vino entra en una nueva etapa donde conviven formatos disruptivos, estilos livianos, clásicos con prestigio y un mandato ineludible: ser sustentable. Radiografía gourmet de las tendencias que ya están redefiniendo la copa.

21 de enero de 2026Redacción CentralRedacción Central
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El mundo del vino atraviesa una transición profunda. El consumo global desciende, los hábitos cambian y las nuevas generaciones ya no se relacionan con la copa como lo hacían sus padres o abuelos. Sin embargo, lejos de anunciar un ocaso, este escenario abre una oportunidad inédita: beber menos, pero mejor; explorar más; elegir con conciencia.

En ese contexto, estudios internacionales como el de Kingsland Drinks coinciden en un diagnóstico claro: 2026 será un año atravesado por la moderación, la premiumización, la curiosidad sensorial y la reinvención de formatos. El vino no desaparece: muta.

Las ocho tendencias que ya marcan el pulso del vino del futuro cercano

1. El vino sale de la botella: latas y formatos alternativos

El envase dejó de ser un detalle para convertirse en mensaje. El vino en lata gana terreno por una combinación irresistible: portabilidad, practicidad y menor impacto ambiental. Ideal para picnics, festivales, playa o consumo espontáneo, este formato dialoga mejor con estilos de vida móviles y descontracturados.

Además, el aluminio es 100% reciclable y reduce costos logísticos, algo que también impacta en el precio final. No es alta gama, pero sí una puerta de entrada amable y fresca para nuevos consumidores, especialmente millennials y Generación Z.

2. Beber por copas: la experiencia manda

Pedir vino por copa dejó de ser un gesto tímido. Hoy es sinónimo de exploración. Restaurantes y bares amplían su oferta con etiquetas de mayor nivel gracias a sistemas de conservación que garantizan calidad.

El resultado es virtuoso: el consumidor prueba más, elige con libertad y aprende; el local mejora márgenes; la bodega se da a conocer. Menos compromiso, más curiosidad.

3. Menos alcohol, más conciencia: la era NoLo

Los vinos NoLo (No alcohol–Low alcohol) ya no son una rareza. Responden a una demanda concreta: bienestar, alternancia y consumo consciente. La práctica conocida como zebra striping —intercalar bebidas con y sin alcohol en una misma ocasión— se instala como nueva norma social.

No es abstinencia: es moderación. Y llegó para quedarse.

4. Tintos livianos y blancos expresivos

Los tintos pesados pierden terreno frente a estilos más frescos y bebibles. Pinot noir, gamay, garnacha o criolla chica ganan protagonismo, incluso servidos ligeramente fríos.

En paralelo, los blancos aromáticos viven su mejor momento: sauvignon blanc, semillón, chenin, albariño y blends blancos muestran diversidad, identidad y gran calidad. En este punto, Argentina tiene mucho para decir —y para servir.

5. Premiumización selectiva: se bebe menos, se elige mejor

La caída del consumo no implica menor gasto, sino decisiones más cuidadas. Cuando se compra vino, se paga por calidad, origen y relato. Las pequeñas producciones, los vinos de nicho y las regiones emergentes concentran interés.

El lujo ya no está en el exceso, sino en el sentido.

6. Los clásicos resisten (y brillan)

En tiempos inciertos, las etiquetas con historia ofrecen refugio. Bordeaux, Rioja, Chianti y bodegas argentinas con legado mantienen su vigencia gracias a una ecuación simple: tradición + adaptación.

El prestigio, bien entendido, también evoluciona.

7. Sustentabilidad 360: de valor agregado a condición básica

Hoy no alcanza con que el vino sea rico. Importa cómo se produce, cómo se envasa y quién está detrás. Agricultura orgánica, biodinámica o regenerativa, botellas livianas, huella de carbono reducida: lo que antes era diferencial hoy es requisito.

La marca ya no se bebe sólo en la copa, también en su relato.

8. Identidad y singularidad: el territorio como protagonista

La autenticidad seduce. Variedades autóctonas, cepas criollas y vinos que cuentan una historia ganan terreno frente a la estandarización. En Argentina, la criolla chica es símbolo de esta revalorización: una uva con pasado humilde y presente vibrante.

El vino vuelve a ser testimonio de un lugar, una cultura y una memoria viva. El pasado, una vez más, se convierte en futuro.

En 2026, el vino no busca imponerse: invita a probar, a elegir y a disfrutar con conciencia. 

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