Vinos de los Nietos: una botella para guardar el tiempo

En 2014, cuando nació Remo, su primer nieto, Víctor Dayan tuvo una idea sencilla y entrañable: guardar una barrica de la cosecha de ese año para que algún día pudieran compartirla. La tradición continuó con cada nuevo nacimiento y hoy reúne nueve cosechas, pensadas como un legado familiar que todavía espera su momento.
26 de agosto de 2026Redacción CentralRedacción Central
Vinos de nietos

Hay botellas que se guardan porque prometen mejorar con los años. Hay otras que se conservan por una razón diferente: porque contienen un momento de la vida que no se quiere perder.

Los vinos que Víctor Dayan hizo para sus nietos pertenecen a esa segunda categoría.

Víctor lleva 55 años vinculado al mundo del vino, pero asegura que ninguna de las botellas que pasaron por sus manos tiene para él el significado de estas. La historia empezó en 2014, con el nacimiento de Remo, su primer nieto.

Para celebrar la llegada del nuevo integrante de la familia, decidió encargar una barrica completa de vino de la cosecha de ese año y reservarla para él. Eran alrededor de 150 botellones de 1,5 litros.

No había detrás una intención comercial ni la idea de armar una colección. Era, simplemente, una manera de conservar algo de aquel año para el futuro.

Con el tiempo, esa primera ocurrencia se convirtió en una tradición.

Una barrica por cada nacimiento

Cada vez que nació un nuevo nieto, Víctor repitió el ritual: eligió un vino de la cosecha correspondiente y reservó una barrica para ese nuevo integrante de la familia.

Así fueron llegando las distintas cosechas: Remo tiene la de 2014; Juana, la de 2017; Felipe y Pedro, las de 2020; Antonio, la de 2021; y Ciro, la de 2023. También forman parte del proyecto Lucio, Isabel y Celine.

Nueve nietos, nueve historias y un conjunto de vinos que fue creciendo al mismo ritmo que la familia.

En paralelo, Víctor creó también el “Vino de los Abuelos”, para marcar aquel primer momento en que él y su esposa, Mónica, estrenaron ese nuevo lugar dentro de la familia.

Durante más de una década, los vinos permanecieron conservados en cámaras frigoríficas en Mendoza. Ahora, las distintas cosechas llegaron finalmente a Buenos Aires, donde comienza otra etapa del proyecto.

Alan Dayan acompañó a su padre en ese momento y registró la llegada de las botellas. El próximo paso será reacondicionarlas, colocarles sus etiquetas y cápsulas definitivas y guardarlas en cajas preparadas para una conservación prolongada.

La intención de Víctor es que puedan mantenerse durante décadas.

“Hay que ponerlos en cajas especiales para su guarda, etiquetarlos y guardarlos en cajas que puedan durar hasta 50 años, si es posible”, explica.

Pero la guarda no responde solamente a una cuestión enológica. Hay algo más importante detrás.

El vino que espera una mesa

Víctor quiere entregar las botellas a sus nietos cuando alcancen la mayoría de edad. Después, cada uno decidirá cuándo abrir las suyas.

Aunque el verdadero escenario que imagina es otro: una mesa compartida muchos años después, con los nueve nietos ya adultos, cada uno llevando el vino de su año de nacimiento.

Una cena, varias generaciones y nueve botellas que habrán esperado durante años para encontrarse en el mismo lugar.

Víctor sabe que quizás para entonces él y Mónica no puedan estar físicamente en esa mesa. Pero esa posibilidad no vuelve triste el proyecto. Al contrario: es parte de lo que quiso dejarles.

Lo van a disfrutar ellos, pero vamos a estar siempre presentes de alguna forma”, resume Víctor al hablar del proyecto junto a Alan.

La presencia estará en los nombres, en las cosechas y en la historia que cada botella lleva consigo.

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“No es un vino cualquiera”

Después de más de cinco décadas en el mundo del vino, Víctor conoce el valor de una buena cosecha, de una botella bien conservada y de un vino capaz de atravesar el tiempo.

Sin embargo, cuando habla de estos vinos, la explicación no pasa por sus características técnicas.

“Son mis nietos, les tengo un cariño muy especial. No es un vino cualquiera, es un vino con sentimiento, con legado y es parte de ellos, de mis nietos. Hace 55 años que estoy en esto y esto es lo más especial que tengo”, cuenta.

Quizás esa sea la mejor manera de entender el proyecto.

Porque una botella puede hablar de una variedad, de un terroir, de una bodega o de una cosecha. Estas hablan, además, de una familia.

Cada una quedó asociada al año en que nació una persona. Mientras los chicos crecían, sus vinos permanecían guardados, esperando.

Ahora las botellas cambiaron de lugar. Después de más de diez años en Mendoza, llegaron a Buenos Aires y todavía tienen por delante otra etapa de guarda.

Víctor quiere que cada nieto reciba las suyas cuando sea mayor de edad. Después, la decisión será de ellos: podrán abrirlas cuando quieran, guardarlas un poco más o esperar ese encuentro familiar que el abuelo imagina desde aquel primer barril de 2014.

No sabe cuándo será esa cena ni cómo habrá evolucionado cada vino para entonces. Tampoco sabe quiénes estarán compartiendo ese momento.

Pero hay algo que sí decidió hace tiempo: que cada uno tenga una botella de su año de nacimiento. Y quizás, cuando finalmente llegue el momento de abrirlas, no importe tanto qué diga la etiqueta ni cuánto tiempo hayan pasado en guarda. Bastará con saber que alguien sigue ahí, aunque ya no esté.

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