


Desde Medio Oriente al mundo: la larga travesía del falafel
Redacción Central
El falafel no nació en una cocina de moda ni en un restaurante de autor. Su origen se pierde entre las antiguas calles de Medio Oriente, donde generaciones de cocineros transformaron ingredientes humildes en uno de los platos más populares de la región.
Aunque existen distintas teorías sobre su nacimiento, muchos historiadores sitúan sus raíces en Egipto, donde se preparaba una versión elaborada con habas. Con el tiempo, la receta se expandió por países como Siria, Líbano, Palestina, Jordania e Israel, adaptándose a las costumbres y productos de cada lugar. En algunos sitios predominan los garbanzos; en otros, las habas o una combinación de ambas legumbres.
La preparación parece sencilla: garbanzos remojados, ajo, cebolla, perejil, cilantro y especias. Sin embargo, lograr el equilibrio perfecto entre textura y sabor es todo un arte. El resultado son pequeñas croquetas doradas que suelen servirse dentro de un pan pita, acompañadas por hummus, tahini, vegetales frescos y encurtidos.
Como tantas otras recetas tradicionales, el falafel viajó junto con las personas. Las corrientes migratorias provenientes del mundo árabe llevaron estos sabores a distintos rincones del planeta y también a la Argentina. En Buenos Aires, donde las comunidades siria, libanesa, armenia y judía dejaron una profunda huella cultural, el falafel encontró un terreno fértil para desarrollarse.

Durante décadas fue un secreto conocido principalmente dentro de esas colectividades. Pero en los últimos años dio un salto inesperado. El crecimiento de la cocina vegetariana, el interés por los alimentos de origen vegetal y la curiosidad por las gastronomías del mundo lo transformaron en una opción habitual en cafés, restaurantes y mercados gastronómicos.
Hoy es posible encontrar falafel en numerosos rincones de la Ciudad de Buenos Aires. Algunos restaurantes especializados en cocina de Medio Oriente lo ofrecen siguiendo recetas tradicionales, mientras que otros incorporan versiones contemporáneas con ingredientes locales o presentaciones más modernas.
Entre los lugares más conocidos aparecen propuestas de cocina armenia y árabe en barrios como Palermo, Villa Crespo y Almagro, donde el falafel suele compartir protagonismo con el hummus, el tabule, el keppe y las hojas de parra.
Lo que comenzó como una preparación popular elaborada con ingredientes simples terminó convirtiéndose en un símbolo de la cocina global. Quizás allí resida parte de su encanto: en una época de tendencias efímeras, el falafel sigue demostrando que una receta nacida hace siglos puede seguir conquistando paladares en cualquier parte del mundo.
Y aunque cada país discuta cuál es la versión auténtica, hay algo en lo que todos parecen coincidir: pocas cosas resultan tan satisfactorias como romper una croqueta recién frita y descubrir el aroma de las hierbas que guarda en su interior.




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