


Gato Dumas, el gran rupturista de la cocina argentina
Redacción Central
Antes de que la cocina ocupara horarios centrales en televisión. Antes de los restaurantes concebidos como experiencias sensoriales. Antes de que los cocineros se convirtieran en figuras culturales. Mucho antes de todo eso, estuvo el Gato Dumas.
Carlos Alberto Dumas Lagos —el hombre que terminaría siendo conocido simplemente como “el Gato”— fue mucho más que un cocinero talentoso: fue un rupturista. Un personaje capaz de mezclar arte, teatralidad, refinamiento y sensibilidad en una escena gastronómica argentina que todavía vivía entre bodegones clásicos, recetas familiares y cierta solemnidad culinaria.
El 14 de mayo de 2004 murió en Buenos Aires, pero su influencia continúa encendida en cada cocina de autor, en cada menú pensado como relato y en cada chef argentino que entiende que cocinar también implica transmitir una identidad.
“Mi abuelo fue el primer cocinero gourmet argentino”, decía Dumas al recordar a Alberto Lagos, el reconocido escultor y artista argentino con quien creció rodeado de tertulias, estética y conversaciones sobre sensibilidad y belleza. Aquella mezcla entre arte y gastronomía marcaría toda su carrera.

No casualmente, años después definiría a los cocineros como “artistas de lo efímero”. Una frase que resumía su filosofía: la cocina no era solamente técnica ni alimento; era emoción, escena y memoria.
Su formación también tuvo algo de novela bohemia. Dejó la arquitectura, viajó a Europa y se perfeccionó en Londres junto al célebre cocinero Robert Carrier. En Francia llegó incluso a cruzarse con Pablo Picasso en Cannes, una anécdota que alimentó todavía más su mirada estética de la cocina como expresión artística.
Cuando volvió a Buenos Aires abrió La Chimère, un restaurante que para muchos marcó un punto de inflexión en la gastronomía local. Allí no sólo importaba el plato: importaba la iluminación, la vajilla, el diseño, la música, el clima. Dumas entendió antes que nadie que salir a comer podía convertirse en una experiencia total.
En una Argentina donde la alta cocina todavía parecía patrimonio lejano de Europa, el Gato acercó sofisticación sin perder calidez. Modernizó cartas, incorporó productos poco habituales y rompió con la idea del restaurante rígido y ceremonial. Había glamour, sí, pero también humor, cercanía y seducción.
Incluso rechazaba el término “chef”. Prefería llamarse cocinero. Tal vez porque intuía que el oficio tenía más de artesanal y emocional que de jerarquía empresarial.

La televisión amplificó su revolución. En los años 80 y 90 llevó la cocina gourmet a la pantalla con un estilo magnético y relajado que cambió la percepción popular sobre la gastronomía. Cocinar dejó de ser una obligación doméstica para convertirse en placer, creatividad y disfrute cultural.
Su influencia también quedó plasmada en el Instituto Gato Dumas, fundado en 1998 y convertido en una de las escuelas gastronómicas más importantes de América Latina. Allí ayudó a profesionalizar el sector y formó generaciones enteras de cocineros, pasteleros y sommeliers.
Discípulos y colegas todavía lo recuerdan como un adelantado. Un hombre que comprendió, mucho antes que el resto, que la gastronomía podía dialogar con el arte, el diseño, el espectáculo y las emociones.
Hoy, cuando la cocina argentina atraviesa uno de sus momentos de mayor reconocimiento internacional, el Gato Dumas reaparece inevitablemente como precursor. Porque mucho antes de las redes sociales, las estrellas Michelin y el fenómeno foodie, él ya había entendido algo esencial: que comer bien también podía ser una forma de belleza.






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