


El Cheddar en su día: del campo inglés a la mesa argentina
Redacción Central
Hay quesos que acompañan, y hay quesos que protagonizan. El cheddar pertenece, sin duda, a la segunda categoría. Este 13 de febrero el mundo celebra su día internacional, una fecha impulsada por la cultura gastronómica anglosajona que terminó instalándose en calendarios foodie de todo el planeta como homenaje a uno de los quesos más versátiles y reconocibles.
Un origen rural con destino universal
El cheddar nació en el pequeño pueblo de Cheddar, en Somerset, al suroeste de Inglaterra. Allí, entre colinas verdes y cuevas naturales, los productores desarrollaron un método de elaboración particular —el cheddaring— que consiste en cortar, apilar y girar la cuajada para lograr una textura firme y compacta.
El resultado fue un queso de pasta prensada, sabor profundo y maduración variable: puede ser joven y amable, con notas lácticas y mantecosas, o añejo, quebradizo y con matices ligeramente picantes y nuez tostada.
Con el correr de los siglos, el cheddar se expandió más allá del Reino Unido y se convirtió en un emblema de países como Estados Unidos, Canadá y Australia. Hoy es uno de los quesos más producidos y consumidos del mundo.
El mito del color y la identidad
Su tonalidad anaranjada —que no siempre fue tal— se debe históricamente al agregado de achiote, un colorante natural utilizado para estandarizar el tono de la leche según la estación. Con el tiempo, ese dorado intenso se volvió parte de su identidad visual, casi tan importante como su sabor.
Sin embargo, los cheddar artesanales tradicionales conservan un tono más marfil y priorizan complejidad aromática sobre impacto cromático.
Cheddar en clave argentina
En Argentina, el cheddar llegó primero como invitado de la cultura fast food. Durante años fue sinónimo de hamburguesa, papas fritas y salsas fundidas. Pero el paladar local evolucionó, y también su rol en la cocina.

Hoy el cheddar aparece en versiones premium en hamburgueserías de autor, en croquetas, en rellenos de empanadas, en salsas para pastas y hasta en tablas de quesos que combinan variedades estacionadas con vinos patagónicos o mendocinos.
La tendencia artesanal también ganó terreno: pequeños productores locales elaboran cheddar madurado, con menos humedad y mayor carácter, pensado para maridar con cervezas lupuladas, sidras secas o tintos jóvenes.
Un queso que abraza el fuego
Pocos quesos se funden como el cheddar. Su estructura permite un derretido cremoso, envolvente, ideal para gratinados y preparaciones al horno. Pero también brilla en crudo, en láminas generosas sobre pan de masa madre o acompañado por pickles y mostazas de grano grueso.
Celebrarlo no es solo una excusa para sumar una feta extra. Es reconocer su capacidad de adaptación: del campo inglés a la parrilla urbana; del sándwich clásico a la alta cocina informal.
Porque el cheddar, con su carácter franco y su intensidad amable, no busca sutilezas extremas. Busca placer directo. Y en tiempos donde la gastronomía oscila entre la nostalgia y la innovación, sigue ocupando un lugar privilegiado en ambos mundos.
Hoy, entonces, el brindis puede ser simple: pan tibio, buen vino y un cheddar en su punto justo de maduración. Dorado, firme y absolutamente irresistible.





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