


Día Internacional del Croissant: el ritual hojaldrado que cruza fronteras
Redacción Central
Crujiente por fuera, aireado por dentro y con ese aroma inconfundible a manteca recién horneada, este clásico internacional hoy celebra su día y, en la Argentina, reabre un diálogo inevitable con la medialuna: dos piezas que comparten forma, vitrina y ritual, pero que hablan idiomas distintos en la mesa del desayuno y la merienda.
Aunque su identidad esté profundamente asociada a Francia, el croissant nació lejos de París. Su origen se remonta a Viena, en el siglo XVII, cuando los panaderos austríacos crearon el kipferl, una pieza en forma de media luna que celebraba la derrota del Imperio Otomano durante el sitio a la ciudad en 1683. La silueta no era casual: evocaba el símbolo presente en la bandera enemiga y transformaba la historia en pan.
El viaje hacia Francia tiene nombre propio. María Antonieta llevó consigo el recuerdo de esos sabores austríacos al llegar a Versalles en 1770, pero fue recién en 1838 cuando el croissant comenzó a instalarse en la vida parisina, gracias al pastelero August Zang y su Boulangerie Viennoise.
Con el tiempo, la receta se refinó: en 1905 apareció la primera fórmula escrita del croissant hojaldrado y, hacia la década de 1920, los maestros pâtissiers franceses reemplazaron la masa original por una de hojaldre laminado con manteca, dando origen a la versión que hoy conocemos.
La magia del croissant está en la técnica. Harina, levadura, azúcar, sal, agua y manteca se transforman, a fuerza de pliegues y reposos, en una masa laminada donde cada capa cuenta. El resultado es una estructura liviana, con alveolos irregulares y un crujido delicado que define su identidad. Sobre esa base clásica florecieron variaciones contemporáneas: rellenos de chocolate, almendras o pistacho, versiones veganas y hasta híbridos como el cronut, que combina el hojaldre con la forma y fritura de una dona.
En paralelo, los hábitos de consumo siguen valorando lo conocido. Según el estudio Taste Tomorrow, elaborado por Puratos, el 71% de los consumidores de América del Sur afirma que no está dispuesto a renunciar a los productos dulces, incluso en contextos económicos complejos. En la Argentina, el dato es aún más elocuente: el 82% declara preferir sabores tradicionales.
Ese apego se refleja en la convivencia cotidiana entre el croissant y la medialuna. Más pequeña, brillante y bañada en almíbar, la medialuna —ya sea de manteca, suave y dulce, o de grasa, más salada y crujiente— ocupa un lugar indiscutido en la cultura porteña. El croissant, en cambio, suele ser más grande, menos dulce y con una miga más aireada, pensada para disfrutarse sola o acompañada, sin necesidad de glasas ni excesos.
“La tradición también dialoga con la innovación. Lo cierto es que ambos productos pueden convivir y potenciarse, siempre que se respeten sus identidades”, señala Sofía Mallaviabarrena, Regional Marketing Manager de Puratos.
Cada 30 de enero, el croissant vuelve a recordarnos que el placer también puede ser simple: manteca, harina, tiempo y oficio. En Argentina, comparte escena con la medialuna sin necesidad de imponerse, porque cuando el hojaldre está bien hecho, no compite: seduce.




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