


Cosecha nocturna en Flor del Prado: el ritual que da vida a un vino único en el Alto Valle
Redacción Central
La noche ha caído sobre el Alto Valle de Río Negro. El aire es frío, el cielo inmenso, las estrellas, testigos silenciosas. En esta viña, como cada año, la tradición se enciende en forma de faroles, de manos firmes que afilan tijeras, de un murmullo que recorre los surcos de la tierra.
Aquí, la cosecha no es sólo un trabajo: es un pacto. Un pacto con la tierra, con la historia, con quienes caminaron estas mismas hileras mucho antes. No hay apuro. Cada racimo es levantado en su momento justo, con la frescura intacta, listo para transformarse en el alma de un vino que nace en la penumbra.
A la luz tenue, el tiempo parece otro. Se avanza en equipo, entre susurros y crujidos de tijeras. Se cuentan historias y se comparten miradas cómplices con paciencia, con respeto, con la certeza de que cada gesto construye identidad.
Así surge Flor del Prado. Un vino fresco y joven, hecho a mano, uno a uno, paso a paso. Un vino que renace en la noche más fría del Valle, entre dos ríos caudalosos, con la misma magia que lo vio nacer por primera vez.
Sobre la bodega
Flor del Prado es una pequeña bodega familiar en proyecto, orientada a la elaboración de vinos de alta gama desde el corazón del Alto Valle rionegrino. Es la única ubicada en la confluencia de los ríos Limay y Neuquén, aprovechando las bondades del suelo valletano.




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