


La parrilla dejó de ser costumbrismo y se convirtió en lenguaje global
Redacción Central
Durante décadas, la parrilla argentina fue un ritual doméstico. Una mesa larga, humo en el patio, achuras chispeando sobre las brasas y alguien defendiendo el punto exacto de cocción como si se tratara de una cuestión filosófica. No hacía falta explicarla porque estaba incorporada al paisaje cultural del país. Pero algo cambió.
En los últimos años, y especialmente después de la publicación del ranking World’s 101 Best Steak Restaurants 2026, la parrilla dejó de ser vista en el exterior como una curiosidad folklórica para convertirse en una experiencia gastronómica de prestigio. Cinco restaurantes argentinos volvieron a ingresar al listado internacional y confirmaron una tendencia que ya no parece pasajera.
Detrás de esa consagración no aparece solamente la calidad de la carne. Lo que el mundo empezó a mirar es otra cosa: el oficio del fuego, la selección del producto, la trazabilidad, los tiempos de maduración, el servicio, el vino y, sobre todo, una identidad. Porque la parrilla argentina tiene algo que otras cocinas todavía buscan construir: relato.
En Buenos Aires, lugares como Don Julio, Fogón Asado, Madre Rojas, Elena y Happening lograron transformar una práctica cotidiana en una experiencia gastronómica sofisticada sin perder su raíz popular. El fuego sigue estando al centro, pero alrededor aparecen detalles que antes parecían reservados para la alta cocina: cortes estacionados, pequeños productores, vegetales de estación, vajilla cuidada y cartas de vinos pensadas con precisión.

La escena también acompaña un cambio más profundo en la gastronomía mundial. Después de años dominados por técnicas complejas, espumas, pinzas y platos minimalistas, muchos comensales comenzaron a buscar experiencias más honestas, más cálidas y más conectadas con el origen de los alimentos. Y ahí la parrilla argentina encontró su momento.
Hay algo primitivo y elegante al mismo tiempo en una buena brasa. El fuego obliga a bajar el ritmo. No admite apuro. Quizás por eso, en tiempos acelerados, la ceremonia del asado empezó a adquirir un valor distinto.
El prestigio internacional también modificó la mirada local. Lo que durante años fue visto como comida cotidiana hoy aparece reinterpretado por chefs, sommeliers y críticos gastronómicos de todo el mundo. La carne argentina dejó de explicarse solamente desde la abundancia o la tradición ganadera: ahora también se habla de técnica, sensibilidad y territorio.
Incluso el lenguaje cambió. Antes se hablaba de “parrilladas”. Hoy se habla de experiencia culinaria, de cocina de brasas o de fine dining alrededor del fuego.
Sin embargo, el corazón sigue siendo el mismo. En cada corte servido todavía sobrevive algo profundamente argentino: la idea de compartir. La conversación larga. El humo impregnado en la ropa. El pan apoyado cerca de la parrilla para calentarse apenas. El vino que se sirve sin medir demasiado.
Quizás por eso la parrilla logró algo difícil: modernizarse sin dejar de pertenecerle a la gente. Y mientras el mundo la convierte en objeto de admiración gastronómica, en Argentina el fuego sigue encendiéndose igual que siempre, entre amigos, familia o desconocidos que terminan brindando juntos alrededor de una mesa.




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