


Pastelitos: cómo un clásico patrio se convirtió en objeto gourmet
Redacción Central
Los pastelitos nunca se fueron, siempre estuvieron ahí: en las vitrinas de las panaderías antes del 25 de Mayo, en las bandejas familiares de los días fríos o en los actos escolares donde alguien terminaba inevitablemente con azúcar pegada en el guardapolvo. Lo que cambió no fue su presencia, sino su lugar dentro de la gastronomía.
Nacieron como una adaptación criolla de una receta española, traída durante la época colonial. La base hojaldrada, típica de la repostería europea, se combinó con ingredientes locales como el dulce de membrillo o batata, lo que dio lugar a un sabor único y representativo de nuestra identidad.
Consumidos por el pueblo desde el siglo XIX, estos bocados se convirtieron en una opción económica, energética y festiva. Se compartían al final de comidas patrias junto al locro o las empanadas, y hoy son protagonistas en las celebraciones patrias.
Durante mucho tiempo quedaron asociados a una cocina más tradicional, casi doméstica. Mientras la escena foodie miraba hacia la pastelería francesa, los brunch importados o las tendencias virales de redes sociales, el pastelito sobrevivía sin demasiado glamour, sostenido más por la costumbre que por la moda. Hasta ahora.
En los últimos años, el clásico criollo empezó a reaparecer en cafeterías de especialidad, panaderías artesanales y cartas que buscan reinterpretar sabores argentinos. Ya no se trata solamente del pastelito de membrillo o batata de toda la vida. Hay versiones con hojaldre laminado, rellenos caseros, almíbares cítricos y combinaciones menos tradicionales que incluyen dulce de leche, pera especiada o chocolate.

La transformación acompaña un movimiento más amplio dentro de la gastronomía local: la revalorización de productos populares y cotidianos que durante años parecieron quedar fuera del circuito gourmet.
Pasó con el vermut, con las sodas en sifón, con las facturas, con el flan y hasta con el clásico postre vigilante. El pastelito encontró ahora su propio revival.
Las redes sociales ayudaron bastante. El brillo del almíbar, la masa crocante abriéndose en capas y el contraste entre el dorado de la fritura y el relleno oscuro funcionan especialmente bien en fotos y videos. En tiempos donde la comida también necesita ser visual, el pastelito descubrió una segunda vida digital.
Para muchas panaderías y cafeterías, además, las fechas patrias representan una oportunidad comercial importante. El 25 de Mayo empuja ventas, activa promociones y convierte productos tradicionales en protagonistas de temporada. Algunos locales incluso trabajan ediciones limitadas o versiones “de autor” que se agotan durante el fin de semana.
En paralelo, el viejo debate sigue intacto: membrillo o batata. Una discusión menor, pero persistente, que reaparece cada año y funciona casi como un ritual gastronómico argentino.
Quizás ahí esté parte de la vigencia del pastelito: en una cocina cada vez más globalizada, todavía conserva algo reconocible y cercano. No necesita demasiada explicación ni sofisticación. Apenas una servilleta cerca, cuidado con el almíbar caliente y ganas de discutir, otra vez, cuál relleno merece ganar.




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