


Oreo: la galletita que conquistó el mundo y tiene su propio día
Redacción Central
Hay sabores que atraviesan generaciones sin perder frescura. La Oreo es uno de ellos. Crujiente, oscura y con un corazón de crema blanca que parece hecho para dividirse en dos, esta galletita sándwich celebra cada 6 de marzo su día mundial, una fecha que recuerda el momento en que comenzó su historia: la primera venta registrada ocurrió el 6 de marzo de 1912, cuando la entonces National Biscuit Company —hoy conocida como Nabisco— lanzó el producto en Estados Unidos.
Desde aquel debut en una tienda de Hoboken, Nueva Jersey, la galletita inició un camino que la llevaría a convertirse en un clásico global. Su fórmula era simple y seductora: dos tapas de cacao ligeramente amargas y un relleno dulce que equilibraba el conjunto con una suavidad cremosa. Con el tiempo, esa combinación se transformó en un lenguaje universal del placer cotidiano.
Más de un siglo después, Oreo no sólo es una galletita: es una experiencia. La marca supo construir un ritual gastronómico que forma parte del imaginario colectivo. Separar las tapas, saborear la crema y luego sumergir la galleta en leche es, para millones de personas, la forma “correcta” de disfrutarla. Ese pequeño gesto —casi ceremonial— convirtió un simple snack en un hábito cultural compartido.
La evolución también fue clave para su permanencia. Con el paso de las décadas aparecieron nuevas versiones, sabores y formatos —desde rellenos dobles hasta ediciones limitadas inspiradas en tortas o especias— que ampliaron su universo sin traicionar la esencia original. Hoy se vende en más de cien países y ha inspirado una larga lista de creaciones gastronómicas: cheesecakes, helados “cookies & cream”, milkshakes, brownies y postres que la utilizan como ingrediente estrella.
Quizás ese sea el verdadero secreto de la Oreo: su capacidad para habitar dos mundos al mismo tiempo. Por un lado, el de la memoria afectiva y la infancia. Por otro, el de la cocina contemporánea, donde chefs y pasteleros la transforman en base para reinterpretaciones dulces.
Así, cada 6 de marzo, la galletita negra con corazón blanco vuelve a recordarnos que la gastronomía también puede ser simple y universal.




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