


Día del Panadero: el oficio noble que perfuma las madrugadas
Redacción Central
Más que una efeméride, el Día del Panadero es una oportunidad para rendir homenaje a esas personas que, mientras la ciudad duerme, encienden hornos, amasan sueños y llenan las calles de aromas que despiertan la memoria.
El origen de esta celebración se remonta a 1887, cuando se fundó en Buenos Aires la Sociedad Cosmopolita de Resistencia y Colocación de Obreros Panaderos, un sindicato pionero que no sólo luchó por derechos laborales, sino que tuvo entre sus filas a personajes históricos como el anarquista Errico Malatesta. En 1957, el Congreso Nacional oficializó el 4 de agosto como día nacional para honrar este trabajo esencial.
Como gesto de irreverencia, los obreros inmigrantes —principalmente de origen italiano y español— bautizaron sus delicias de panadería con nombres cargados de ironía hacia las figuras de poder:
Vigilantes y cañoncitos: guiños burlones dirigidos a las fuerzas policiales y militares.
Bolas de fraile: pequeñas sátiras envueltas en masa, que apuntaban al clero.
Sacramentos: una mordaz alusión a los rituales religiosos, convertida en golosina cotidiana.
Estas denominaciones fueron, más que caprichos, una forma dulce y simbólica de cuestionar el orden establecido.
El pan no es sólo alimento: es símbolo. Está en el desayuno compartido, en la canasta del picnic, en la mesa del domingo. Cruza generaciones, se reinventa en trenzas, en baguettes, en criollitos o en el simple bollo que da calor y consuelo.
Detrás de cada flauta hay una historia: la del panadero que aprendió el oficio de su padre, la del joven que eligió trabajar con la masa como una forma de arte, o la de la panadera que hornea con harina orgánica y masa madre en su cocina de barrio.
En tiempos donde lo artesanal vuelve a tener valor, el panadero encarna una resistencia sutil pero firme: la del trabajo manual, la del tiempo necesario, la del alimento hecho con afecto.
Hoy, brindemos con una rodaja tibia, con un pebete o bizcochitos, por quienes hacen del pan una poesía cotidiana. Porque no hay gourmet sin horno, ni banquete sin migas.




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