


Un poeta y sibarita en el eterno septiembre

“A menudo expresé que el mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día: el panadero más próximo, que no se cree Dios. Él cumple su majestuosa y humilde faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día, con una obligación comunitaria”. Leyó en un fragmento del Discurso pronunciado el día de la entrega del Premio Nobel de Literatura
La comida y la poesía un día se conocieron y se enamoraron, fue amor a primera vista, o si se quiere al primer mordisco. Y desde entonces los sabores y las palabras, fueron inseparables. Cómplice y celestino de tan suculenta unión, fue el chileno Pablo Neruda, uno de los más importantes poetas del siglo XX, premio nobel de literatura en 1971.
“Esta sal del salero yo la vi en los salares.
Sé que no van a creerme, pero canta, canta la sal, la piel
de los salares…”
Neruda no vivía para comer, más bien vivía para escribir, pero era un eufórico entusiasta de la cocina y los vinos; todo un sibarita dispuesto a disfrutar de la gastronomía de diferentes culturas. Muestra de esto la encontramos en el exquisito libro Comiendo en Hungría, escrito a cuatro manos, o mejor aún a dos paladares, en 1965, junto con el también premio Nobel Miguel Ángel Asturias, en tiempos de plena Guerra Fría. En él describen vivencias de amigos y comensales, salpimentadas con anécdotas de las tabernas y comedores que frecuentaron en Budapest, entre manteles, fogones, letras y páprikas. Saborear sus páginas es un goloso placer. A modo de abrebocas un fragmento del poema dedicado al Foie-Gras: “Hígado de ángel eres! ¡Suavísima substancia, peso puro del goce! Sacrosanto, esplendor de la cocina.”
El poeta Neruda conoció el hambre en sus años mozos, y tal vez por esto festejaba la mesa, el buen comer y la abundancia. Pero no solo sentía pasión por saciarse de ricas viandas, sino que además la expresaba en su poesía. El Gran Mantel, Atención al Mercado, y las apetitosas e inolvidables Odas Elementales, publicadas en la década de los 50, dedicadas al pan, la sal, el maíz, la cebolla, el caldillo de congrio, el aceite, el tomate, el limón, el vino, la cuchara y hasta a las sabrosas papas fritas, son una verdadera golosina literaria.
Su afición por la sopa y en especial su debilidad por la sopa de congrio esta en su obra literaria.
ODA AL CALDILLO DE CONGRIO
En el mar
tormentoso
de Chile
vive el rosado congrio,
gigante anguila
de nevada carne.
Y en las ollas
chilenas,
en la costa,
nació el caldillo
grávido y suculento,
provechoso.
Lleven a la cocina
el congrio desollado,
su piel manchada cede
como un guante
y al descubierto queda
entonces
el racimo del mar,
el congrio tierno
reluce
ya desnudo,
preparado
para nuestro apetito.
Ahora
recoges
ajos,
acaricia primero
ese marfil
precioso,
huele
su fragancia iracunda,
entonces
deja el ajo picado
caer con la cebolla
y el tomate
hasta que la cebolla
tenga color de oro.
Mientras tanto
se cuecen
con el vapor
los regios
camarones marinos
y cuando ya llegaron
a su punto,
cuando cuajó el sabor
en una salsa
formada por el jugo
del océano
y por el agua clara
que desprendió la luz de la cebolla,
entonces
que entre el congrio
y se sumerja en gloria,
que en la olla
se aceite,
se contraiga y se impregne.
Ya sólo es necesario
dejar en el manjar
caer la crema
como una rosa espesa,
y al fuego
lentamente
entregar el tesoro
hasta que en el caldillo
se calienten
las esencias de Chile,
y a la mesa
lleguen recién casados
los sabores
del mar y de la tierra
para que en ese plato
tú conozcas el cielo.
Gracias Pablo poeta por contagiarnos este amor por la comida y la buena vida.
M.E.G.


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