


Pan con chicharrón: Perú celebra su corona en el Mundial de Desayunos
Redacción Central
No fue un torneo de fútbol, aunque duró lo mismo y despertó pasiones similares. Se trató de una competencia insólita y digital: 16 desayunos del mundo enfrentados en votaciones abiertas a través de las redes sociales de Ibai Llanos. Sin jurado experto ni reglas claras, fue el fervor popular el que terminó inclinando la balanza. Y ahí, Sudamérica se jugó el campeonato como si fuera una cuestión de Estado.
En ese contexto, el pan con chicharrón peruano se abrió camino con contundencia: eliminó primero a los chilaquiles mexicanos, luego al bolón de verde ecuatoriano, más tarde a la marraqueta con palta, jamón y huevo frito de Chile, y en la final se impuso a la arepa reina pepiada de Venezuela. El resultado: 12,8 millones de votos a favor, apenas 200 mil más que su rival.
El triunfo fue celebrado en plazas, municipios y hasta desde el propio Gobierno. La presidenta Dina Boluarte felicitó públicamente la gesta, mientras en distritos limeños se prepararon panes con chicharrón gigantes y se repartieron cientos de porciones a los vecinos. En redes, políticos, cocineros y artistas también se sumaron al festejo.
Pero más allá del fervor, la victoria abre preguntas. El pan con chicharrón, que puede costar entre 3 y 5 dólares, no es un desayuno cotidiano para todas las familias peruanas: suele reservarse para los domingos o fechas especiales. Aun así, su sabor es indiscutible. Pan francés crujiente, carne de cerdo jugosa, el dulzor del camote frito, la acidez refrescante de la cebolla morada y el picor del ají: una combinación que resume herencia, identidad y memoria colectiva.
Ibai Llanos, por su parte, prometió entregar en persona el peculiar trofeo del campeonato —una sartén dorada— a quien el público elija dentro de Perú. Más allá de la anécdota, el certamen confirma algo esencial: en América Latina, la comida es mucho más que alimento. Es orgullo, es pertenencia y, en ocasiones como esta, también una excusa para inflar el pecho y saborear una victoria.




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